Hace unos años, una noche oscura y sin luna, septiembre... Las puertas de la cabaña estaban a metros escasos del lindero de un bosque de hayas; yo estaba dentro y había extendido el saco con la intención de dormir fuera. Y por primera vez escuché la voz de un lobo que aullaba en el mismo borde del hayedo y ese aullido me llenó de miedo, impresión y asombro. Nunca había oído una canción tan triste, parecían lamentos humanos, un lloro largo; toda la melancolía contenida que el lobo guardaba en su pecho se desató en esos momentos.
No me es posible describir aquel sonido tan nítido y bello, con tal fuerza de sentimiento, si no es... aullando, lástima que lo escrito no pueda oírse. El encantamiento quedaba roto detrás de cada aullido por una especie de bostezo que dejaba escapar el animal y, así, salí a hurtadillas del tipi, recogí el saco y decidí dormir dentro. Aunque estaba cerquísima, el lobo debía estar absorto en sus sentimientos; no pareció percatarse de mi presencia ni de la cabaña y aún siguió aullando un rato. Lo recuerdo como uno de los más bellos regalos de aquellos mágicos días...